| Te escribe el Pastor José Luis Cinalli. Lo que a continuación leerás es mi propio testimonio personal. Espero te sea de bendición.
Tiempo atrás experimenté la peor desgracia de mi vida. Durante meses sufrí un dolor profundo en mi espalda y cintura producto de tres hernias de disco. Me encontraba fuera del país cuando comenzó el dolor. Los médicos presagiaron lo peor. “Lo suyo es un mal pronóstico”, me dijeron. Al llegar a la Argentina me intervinieron quirúrgicamente. La operación parecía ser un éxito, solo que el dolor no desaparecía. Durante los dos años siguientes visité decenas de médicos con la esperanza de encontrar un tratamiento que pudiera ayudarme. Intenté todas las terapias disponibles y nada daba resultado. El dolor se incrementaba aún más. La ciencia médica parecía haber llegado al límite conmigo. Los mejores especialistas del país hicieron todo lo posible y yo seguía igual.
Durante los períodos de sufrimiento agudo, solía despertar en las noches con pensamientos angustiantes: “hombre, deja de soñar, tu vida está terminada. Estás destinado a fracasar”. El diablo susurraba a mis oídos con declaraciones tales como: “tu que predicas acerca del poder de la palabra y la confesión de fe, no pues ser sanado. ¿Qué sucederá ahora con tu ministerio? ¿Cómo creerán a tu palabra? ¡Te verás como un tonto parado frente a la gente predicando acerca de un Dios que puede sanar!”.
Pensamientos de enfermedad y muerte bombardeaban mi mente. Y cuanto más pensaba en ellos, más me deprimía. Llegue a confundirme de tal manera que el diablo terminó haciéndose un festín conmigo. Me sentía un títere en sus manos. Había ocasiones cuando creía que caminaba a mi lado durante el día, incitándome a pensar mal de Dios. Me vapuleaba con pensamientos de enfermedad y muerte. No gozaba de paz. Mi mente era un campo de batalla donde mi enemigo parecía ganar terreno día a día.
Sin embargo, Dios permaneció a mi lado para ayudarme. Meditar permanentemente en su palabra y repetir constantemente sus promesas fueron la clave para permanecer firme. Cuando creía no tener fuerzas para seguir, recordaba su palabra de que no me daría mayor prueba de la que podría soportar (1ª Corintios 10:13). Cuando pensaba que no podría superar el dolor repetía la promesa aquella que dice: “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Frente al susurro engañoso de estar enfermo por siempre yo abría mi Biblia y leía en voz alta y con fe la declaración: “Jehová es mi Sanador” (Éxodo 15:26). Me decía a mi mismo que si Dios estaba conmigo ¿quién estaría en mi contra? (Romanos 8:31); y que si Dios guiaba el destino de mi vida, todas las cosas, sean buenas o malas, cooperarían para mi bienestar.
Decidí adoptar una actitud de fe. Me abandoné en los brazos de Jesús y no permití más que mi condición despertara lástima en los demás. Ya no hice más el esfuerzo de entender todo lo que me sucedía. Ahora confiaba en Dios plenamente, creía a su palabra y vivía por fe.
Dejé de enfocarme en el problema y levanté mis expectativas poniendo mi vista en Dios. Creo que la fe obra de esta manera, primero mira a Dios y luego se dirige al problema y dice: “Dios lo puede todo”. Ya no daba lugar a mi mente, ahora declaraba con mi boca que el dolor me dejaba. Cuanto más me enfocaba en la grandeza de Dios, cuanto más pensaba en su palabra y promesas, más fe tenía, y más cerca del día de la victoria creía estar.
Un día, decidí viajar a Rosario. Allí repetí los estudios radiográficos. Los llevé al médico para que los evaluara y luego de hacerlo, giró su cabeza, se sacó sus anteojos y me dijo: “usted tiene una columna nueva”. Salí del consultorio saltando, alabando y dando gloria a Dios. Había sido engañado por el diablo. Había creído a sus pérfidas maquinaciones durante mucho tiempo. Pero había aprendido la lección. Entendí que mi mente jugaba un papel decisivo en la victoria. Es verdad que el dolor no desapareció instantáneamente pero mi mente fue renovada y mis pensamientos ahora, obraban en mi favor. Me veía como una persona totalmente sana. Retomé mis actividades normales y nuevamente comencé con mi programa de ejercicios físicos habituales. Dejé de rendirle culto al dolor. Abandoné la forma negativa de pensar y dejé de lado palabras y frases derrotistas que no llevaban gloria a Dios.
No importa cuan grande parezca ser su prueba y cuan fuerte sea tu adversario; Dios es más fuerte y con él usted lo puede todo. Mantenga una actitud positiva. El Dios que pudo con mi necesidad también podrá con la suya. Créale a Jesús. Espére de Jesús. Reciba de Jesús.
Pastor José Luis Cinalli para La Antorcha
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